sábado, 7 de abril de 2012

Una fiesta

La reunión por mi pana estaba en su auge, todos llegaron y estaban en posición, yo solo pensaba: “si no me voy ahora, no me voy nunca”. Entonces era hora, me despedí con una excusa válida, la bienvenida de mi hermano, un lugar en el que quería estar, quería ir, pero sabía que mi destino estaba en hablar con personas que si bien eran buenas personas, no me interesaban, iba por él, mi hermano.

Llegué al bar y entré con la advertencia del chaperón de afuera, que me decía que el lugar cerraba en menos de una hora, pagué lo que valía, con la alegría de hacer acto de presencia y salir rápidamente a mi casa, a descansar.

Entré y me encontré con lo que me esperaba, charlé con quien podía, me reí, no lo estaba pasando mal, pero sobre el paisaje clásico resaltaba ella, como siempre. Qué manera de destacarse sobre el resto, a pesar de su mala y tímida forma de bailar, hacía que esa horrible y tediosa salsa me resulte agradable; la veía sin verla, entre ojos, como si hablara con todos, pretendiendo que ella no existía.

Sin embargo ella me notó, a pesar de su infinita belleza yo deseaba que no me notara. Es como ese algo inalcanzable que prefieres hablar de cuánto lo anhelas, pero nunca, nunca, intentar obtenerlo. Ese algo, ese imposible, se acercó a mí.

Hablamos de tantas banalidades e idioteces, burlándonos de las banalidades e idioteces de los demás, de cómo nadie nos importaba en realidad, de cómo en alguna extraña forma estábamos repletos de amigos estando completamente solos. Bailamos un poco, ambos odiábamos bailar, pero bailamos; en esa inmensa incomodidad nos dimos cuenta que lo nuestro no era interactuar como cualquier ente social, sino conocernos como verdaderas personas que quieren conocerse.

El bar tenía que cerrar, ese momento que anhelaba inicialmente llegó, lo odie con toda mi alma, pero mi hermano entró a rescatarme, dijo que debíamos seguir festejando, irnos a casa y seguir, obviamente asentí, por suerte ella también.

En el viaje íbamos escuchando “Mr. Jones”, no podía creer que una canción tan trillada podía ser cantada tan perfectamente de repente, por ella. Mientras ella estaba sentada en mis piernas me cantaba cada letra, cada palabra y yo tímidamente la seguía, me molestaban con ella y yo fingía una seguridad externa que en mi interior se trasladaba en infinito miedo y timidez, solo seguía cantando.

Llegamos a casa, me pusieron de DJ, frente a mí estaba ella, la mujer más hermosa y crítica de todo tipo de música que haya conocido, escogía cada tema con mucho detenimiento sin saber que lo que a mí me gustaba, le gustaba a ella también. Cantábamos juntos, nos burlábamos de canciones malas, después de tanto tiempo, la estaba pasando increíble. ¿El resto de la fiesta? Estaba ahí, pero no existía, éramos ella y yo, nadie más.

Ella se agachó, intentó cambiar de canción y no pudo; no sé si no entendía el mecanismo o solo lo fingió, me pidió que me agache a ayudarla, lo hice y, después de eso, me hizo un gesto con sus dedos para que me acerque, nunca lo voy a olvidar, me acerqué y me besó, como no puedo describir, como no puedo poner palabras y nadie, nadie ni se dio cuenta. ¿Cómo algo tan fuerte e importante para alguien en una sala, puede pasar tan desapercibido por el resto? No lo sé, no me importa, solo pasó.

Nos besamos hasta que salió el sol, yo sentado en el sofá, ella en mis piernas y solo parando para entonar partes de nuestras canciones preferidas. Eso, eso es a lo que yo llamaba un sueño, pero fue real y fue, en realidad, el inicio de un capítulo que no terminaría sino teñido de negro, tal y como una de las canciones que cantábamos justo en ese momento hablaba.