viernes, 21 de octubre de 2011

Una laguna

Ella no vestía una de sus paradas más vistosas, llevaba un buso muy grueso, un jean clásico y un par de guantes negros; era obvio, mi idea era ir a la laguna, el sitio más frío que se me pudo venir a la mente, en realidad fue el único que se me vino a la mente.

Manejé su auto, ese Chevy que, comparado a mi triste Spark hacía que me sienta en un Ferrari blanco; en sus muslos Ella llevaba tres discos, uno donde tenía su música, la que taladraba mis oídos, otro con la mía, la que taladraba sus oídos y un tercero con la selección de temas a los que nosotros considerábamos tolerables. En mi bolsillo, yo llevaba el anillo.

- No es tan largo el viaje flaco, no te puedes quejar.

Dijo sin que yo haya soltado queja alguna, lo único que podía hacer era pasar mi mano por encima de mi bolsillo, asegurándome que la cajita y el anillo sigan ahí.

- No, para nada amor, pero igual quiero ir despacio.

El primer disco entonaba una mezcla entre Fausto Miño y algún otro artista que no podía entender, peor aún aguantar. Ese día me propuse no intentar explicarle por qué para mí su música era basura, no quería pelear, no ese día.

- Estás callado, ¿está todo bien?

- Sí, claro, solo repaso el mapa en mi cabeza para no perderme…

Mi mal chiste no causó ni una sonrisa en ella, solo una breve pausa en silencio.

- Te amo flaco.

- Te amo más. – Dije mientras volví a pasar la mano por el bolsillo, con un pequeño ataque cardíaco al no sentir el anillo a la primera pasada.

Creía amarla tanto, verla me llenaba de una alegría enorme que aún no puedo reunirla en suficientes palabras para compactarla en una frase. Ella ya estaba molesta, siempre estaba molesta, solo veía por la ventana el paisaje.

Cuando llegamos era ya algo tarde, fue una mala idea ir a la laguna, lo supe aún cuando se lo propuse, todavía no sé a qué se debe mi afición por escoger lugares que ni siquiera me gustan. Ella se acercó a la baranda que aleja a la gente del agua helada, la vió y con una sonrisa se volteó hacia mí.

- Bueno, esta es… ¿Quieres tomar algo?

- Sí, claro, además quiero hablar contigo. – Dije tímidamente.

- Yo sabía que algo te pasaba Ale. ¿Qué pasa?

- ¿Por qué tiene que pasar algo? Sentémonos ahí, sólo quiero hablar.

Nos sentamos en unos horribles bancos de madera, juntos como enamorados funcionales.

- Ahora sí, dime qué pasa…

- Creo que tenemos que pedir algo para poder sentarnos aquí. – Dije aún nervioso.

- Pedimos después, ¿de qué quieres hablar? – Insistió.

- Quiero un espresso, ¿tú que quieres?

- ¡No quiero nada!

- Eh, ¡disculpe! Un café por favor… un espresso… ¡Gracias! – Pedí al mesero/chef/conserje del lugar.

Ella me veía con resentimiento, como si fuera a decirle algo malo. ¡No puedo creer cómo soy tan malo en estos momentos! Nunca hago nada bien, nunca puedo crear un momento romántico, estamos junto a una laguna, solos, y no puedo ser romántico.

- ¡Qué frío hace! Pilas tu novio para escoger este lugar. – Ella ya no me miraba mientras le hablaba.

- Su café… - Dijo el mesero rompiendo el silencio y se alejó en seguida.

- Si esto es espresso yo soy Lucio Gutierrez. – Más silencio. – ¿Puedes quitarte los guantes?

- No, tengo frío.

- Dale, por fa, sólo préstame el izquierdo.

- ¡No!

Ante su ira y casi escogiendo el peor momento, saqué a la luz la cajita y se la entregué. Ella lo abrió y envuelta en una especie de culpabilidad me abrazó y me dio un beso, cerca de 8 minutos más corto de cómo me lo imaginaba.

- Flaco, perdón, no me hubiera imaginado. – Dijo al fin sonriente.

- No sé si es un mal momento para decirlo pero… no es de compromiso verás.

- Ay, ¡qué idiota! Yo sé, está lindo, te amo un montón.

- Perdón, no es de plata, lo compré re barato. – Dije entrando en la ridícula modestia.

- ¡Ale! No me importa, no la cagues… - Me interrumpió demostrando que me conoce.

- Esta bien, también te amo… Este… ¿será que nos podemos quedar por aquí? ¿hasta mañana?

- ¿A dormir? Estás loco… Ya es tarde, hay que volver a Quito.

Nos subimos al auto entre mi decepción y mala cara ante la negativa. El viaje del regreso escuchamos solo mi disco, un premio totalmente diferente al que tenía en mente, mientras ella veía una y otra vez su mano izquierda, luciendo su anillo y tomando breves intervalos para darme cálidos besos en la mejilla. Mi memoria falla desde ese momento, es curioso cómo el momento de esa sonrisa fue bloqueado para siempre, con recuerdos nuevos y oscuros del día en el que entre lágrimas me devolvió ese anillo. Ahora que lo pienso, este día no fue tan agradable, solo no atino a descubrir si fue el inicio o intervalo de lo que guió a nuestro fin.

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